domingo, 28 de noviembre de 2021

UNA TARDE EN LA PLAZA

 Tratando de llegar a lo más profundo de mis pensamientos me dí cuenta, con desazón, que los mismos no alcanzaban la profundidad necesaria para ser brillantes y sólo se ubicaban en una pequeña porción de mi corteza cerebral, tan superficial que estaban prácticamente flotando en el éter sin pena ni gloria, e inmediatamente me dí cuenta que filosofar nunca sería lo mío y, por ende, no tenía un pájaro en mano ni mucho menos cien volando en el horizonte como para deleitarme viéndolos surcar en libertad el horizonte lejano. Así que supuse que lo mejor era darme un tiempo, digamos que en calidad de protozoo, hasta que la madre naturaleza se dignara a darme al menos un pequeñísimo toque de gracia para emprender el resto de mi vida de alguna manera digna a sabiendas de que el hilo de mi carretel, ya prácticamente cuenta apenas con unos centímetros antes que la señora de blanco venga por mí para hacerme el amor en la eternidad.
Barajando posibilidades de ambientación a fin de despejar mi mente con el objetivo de vislumbrar, acaso, la inspiración necesaria que me lleve a encontrar la punta de ese dichoso hilo que me acomodase en el principio de mi evolución antes del último adiós, pensé en sentarme frente al mar, absorber toda su energía en constante movimiento, embeberme de ella, y salir como un bólido en pos de la superación plena y sostenida. He ahí mi primer traspié, siendo Córdoba una ciudad mediterránea a más de mil putos kilómetros del mar y yo con el tanque vacío y los bolsillos con telarañas, la idea de sentarme en la playa viendo el ir y venir de las olas quedó anclada en sí misma... Sucundúm, sucundúm. De pronto me sentí como encerrado entre paredes de silencios donde ni mi respiración podía ocupar un espacio. Me planteé entonces, pego un grito desgarrador que voltee los sordos muros y escapo cual gacela perseguida por una leona hambrienta, o me masturbo para que el grito surja de mis entrañas en un orgasmo de desmedidas proporciones como el volcán que puso en órbita a Kracatoa al Este del paraíso, o directamente hago la lógica y abro la puerta para salir silbando a paso lento... Ok, después de limpiar un poco el sillón y con un papel de cocina secarme los fluidos derramados en las manos y el vientre, salte por la ventana y eché a correr a grito pelado.
Corrí algunas cuadras hasta que me dí cuenta que era al pedo hacerlo, ya que nadie me corría y mis pulmones respondían menos que una exnovia que te clavó el visto en Whasapp cuando le reclamabas por tus pantuflas, bajé el ritmo y después de caminar un par de horas llegué hasta una plaza de un barrio que ni siquiera sabía cuál era; me senté en uno de sus bancos a la sombra de un jacarandá florecido a pleno a ver como la vida pasaba delante de mí en slow motion. Chicos jugando a la pelota, señoras chusmeando mientras tomaban unos mates, un par de viejos disputando una partida de damas en otro banco y, un perro de mierda que aprovechó mi distracción introspectiva para mearme la zapatilla; este último detalle me puso en marcha, ya que me hizo saber que debía estar atento, presto al cambio y decretar mi superación; sólo debía encontrar mis puntos fuertes y determinar como resolver mis errores, conocerlos. En ese momento se acercaron a mí los pibes que estaban jugando al futbol a preguntarme si era válido o no el gol que uno de los equipos había marcado; estaba tan abstraído en mi mismo que alcancé a decirles: Para mí, fue lícito.
Mierda, mientras el equipo goleador salió festejando, el otro me inundó a puteadas, de hecho, ni había visto la jugada. Se me acercó una señora muy atractiva con un caniche a upa para decirme que fuí injusto en mi fallo. La miré con cierta lujuria (no puedo separarme de mi instinto básico) y suficiencia para decirle: ¿Qué podés saber de futbol? Sos nena.
Alcanzó para que después de un, machirulo del orto, me informara que era la mamá del arquero de la valla eventualmente vencida... El gordito, el dueño de la pelota y, que si no cambiaba mi punto de vista en referencia a la jugada, iba a retirar a su hijo de la cancha, lo que implicaba que el esférico se fuera con ella y a la bosta el sano esparcimiento del resto de los chicos, que a falta de balón, seguro se empezarían a drogar y a salir como jauría a robar celulares mientras apedreaban a los autos estacionados alrededor del predio... Bajé un poco decibeles en la proyección de los posibles hechos, teniendo en cuenta que el mayor tenía alrededor de 7 años y sus madres eran las señoras que mateaban sacándole el cuero a la madre del gordito. Me dirigí hacia los pibes para comunicarles que tras haber estudiado minuciosamente la jugada, el gol estaba viciado de nulidad y por respeto al honor deportivo y al fair play debía dar mi voto no positivo e invalidarlo, de no ser así, el partido debía darse por suspendido por razones ajenas al ámbito deportivo. Creo que lo entendieron apesar de los piedrazos que me tiraron los nuevos damnificados. Continuaron con el match.
Volví al banco donde estaba Magda (la mamá del guardameta), saqué la etiqueta de Parisiennes y el encendedor del bolsillo de mi camisa, la miré, le invité uno, me dió las gracias y me informó que no fumaba negros. Sacó de su cartera unos Virginia Slim, se lo puso entre sus labios recargados de Bótox, y sin mirarme, esperó que se lo encendiera. No hubo un gracias, sólo una enorme pitada que exhaló suavemente sobre mi rostro; daba la sensación de que estaba al lado de una mujer que lo sabía todo y que yo, absolutamente nada; lejos de mi meta inicial emprendí a profundizar con ella y no con mis pensamientos.
-La de ruleros con el batón de florcitas fucsias es la Clotilde, mamá de Victor que es el más alto de los chicos -me dijo mientras cruzaba las piernas a lo Sharon Stones-.
La verdad es que me importaba muy poco quién era quién, mi atención se la habían llevado sus piernas, aunque por caballerosidad le respondí con un: ¡Ah!
-Esa vieja de mierda me puso en la lengua de todas las otras minas del barrio -prosiguió-. Así que cuando los pibes se juntan para jugar acá en la plaza, vienen todas a cuerearme.
-Mocaso, qué bajeza -dije-.
-Naaa, está bien, me lo curtí al marido una mañana que ella fue a la feria a comprar verdurita para el puchero del mediodía -me contó-.
Silencio entre ambos con murmullo de fondo.
-Resulta que el Nicasio, cónyuge de esa infeliz -prosiguió-, es un buen tipo y ella una bruja. Me daba una pena, y yo que no puedo contra mi espíritu solidario quise darle un pequeño oasis en su desierto de sinsabores con esa frígida. Lo mismo me pasó con la pareja de la Raquel, el Yony; de la Loly, el Eusebio; de la Eugenia, el Nicasio; de la Ramona, el Benjamín; de la Estercita, el Gordo Cifuentes; de la Mariela, el Lautaro, y de la Antonela, la Juana.
Por un momento pensé en el sacrificio de la pobre Magda para aplacar la falta de cariño de toda esa gente presas de la desatención de sus parejas, después mi pensamiento rotó a la conclusión que sin el menor cargo de conciencia se había cepillado medio barrio; voltee mi face hacia ella y mirándola fijo a sus ojos enmarcados por un delineado bastante agresivo y unas pestañas postizas de casi 3 centímetros, le pregunté: ¿Y tu marido está de acuerdo con ese comportamiento desinteresado de tu parte?
-Naaaa, está tan preocupado en ganarle a don Cosme a las damas cada día, que se la pasa estudiando jugadas todo el día para después venir a la plaza para jugar con él toda la tarde -comenzó a contarme-. Esos 2 viejos que están ahí, son Renato, mi marido, el de la gorrita escocesa y Crocs, y el otro, don Cosme.
-Pero esos señores tienen como 90 años cada uno -sorprendido le acoté-.
-Don Cosme 87 y Renato 89 y medio -dijo-.
-¿Y qué hacés con un veterano así a tu lado? Perdón, al menos... ¿Tiene mucha plata? -pregunté avergonzado-.
- Naaaa, es un seco, la que está forrada en guita soy yo -me aclaró-. Yo era la enfermera cama adentro de la señora Gertrudis, una vieja de alta gama que la levantaba en pala con el contrabando de uñas postizas para muñecas Barbie.
-¿Tenías un cuartito permanente para vos? -seguí preguntando-.
-Dormía dentro de la cama con Gertru... La atendía bien. Ella tenía 61 -continuó-, y un buen día mientras paseaba al Leandro, su caniche histérico (señalando con el dedo al que tenía a upa), se acercó Renato y en una bolsita puso la caca del perrito y se la metió en el bolsillo de su saco marrón de lana de llama. Ese acto la obnubiló y, se lo llevó con ella a la casa para instalarlo definitivamente y de paso levantara también la caca que depositaba Leandro en su jardín de jueves a martes, ya que los miércoles su jardinero se hacía cargo de ese menester. Después de algunos meses ya me sentía un poco incómoda de dormir los 3 en la misma cama. Me llevé mis cosas y sí, me acomodé en el cuartito de servicio.
-Claro, es razonable -comenté-.
-Con el correr de los días mis labores en la casa se fueron incrementando -me contaba con un tono cada vez más alto-, ya no bastaba con bañarla a Gertru y limarle los cayos, sino que también tenía que cambiarle los pañales a Renato. Un embole, sus erecciones no me dejaban pegar los adhesivos para ajustar bien el pañal, así que tenía que darle un mangueraso en los testículos para bajarle la calentura; aunque a veces se me iba un poco la mano y tenía que salir corriendo a buscar hielo para calmarle el dolor y la inflamación.
No entendía muy bien como ella de ser una asistente de enfermería concubina devenida a doméstica podía tener la moneda que decía tener, y de ser así, por qué carajos seguía con el vetusto a cuestas.
No necesité preguntarle nada, ya que a continuación comenzó a relatarme su historia:
-Hace unos años yo estaba juntada con el Eduardo, alias “el Cicatriz”, alias “Liquidito”, alias “Al segundo no llego”, alias, bueno, tenía algunos más que no vienen al caso, Lisandrito (el arquerito) era bebé y en la villa donde vivíamos al Edu se la habían jurado porque el estúpido un día volvió doblado de borracho, se equivocó de casilla y, en lugar de hacer la noche conmigo lo hizo con la Yéssica que era la hija del gitano Dumitrescu, y por equivocación también se llevó el Rolex del gitano en vez del suyo, que de hecho ni siquiera tenía un reloj ni sabía leer la hora.
El caso fue que tanto a Magda como a Eduardo, los piojos se los llevaban en andas, la casilla era baleada a menudo, y no tenían de dónde sacar un centavo para comer, ni devolver; se instalaron unos días bajo el puente 15 y ahí decidieron hacer el golpe: Raptar a una copetuda para pedir rescate.
La víctima en cuestión fue Gertrudis, así que después de identificar la presa comenzaron a seguir cada uno de sus movimientos, de su casa al depósito de pestañas, de ahí a pilates, de pilates a la casa de alguna amiga y devuelta a su casa. Al correr de los días ya tenían cronometrada su rutina. El problema era que bajo el puente 15 se hacía un poco complicado retenerla sin que nadie se diera cuenta en un corto lapso, ya que era uno de los pasos rumbo al Kempes y los días de partido se pone muy transitado, así que decidieron raptarla en su propia casa, que por demás era mucho más cómoda que la vera del río, sin contar que tenía la heladera llena, muy llena.
La esperaron a que volviera a su morada y mientras abría el portón automático la abordaron y se metieron con ella en la casa a punta de destornillador, inmediatamente redujeron al hamster guardián con un pedazo de zanahoria y al caniche de una patada, le hicieron desconectar la alarma y, mientras Eduardo se echó en la cama super king size frente al tele 75 pulgadas 8k a ver el partido de Belgrano con Agropecuario con una Andes origen que sacó de la nevera, Magda se encargó de atar y amordazar a Gertru, quién no opuso resistencia. Después del partido y con la víctima inmovilizada, la pareja se sentó a definir el rescate a pedir; coincidieron que 10.000 pesos, 2 cajas de fernet Branca y, un set de Pupa make up más 2 tablets con el Poker Star, Netflix y Amazon Prime Video instalados era más que suficiente para después de liberarla e instalarse en el extranjero (Uganda, Edu tenía parientes allá) con una nueva identidad. El detalle a saber, que ellos no sabían, era que la señora de la casa no disponía de familiares cercanos que se hicieran cargo del rescate y ella no pensaba darles un mango de sus reservas, cosa que puso de muy mal humor a Eduardo que se puso en frente de la señora y con su dedo índice apuntando al cielo, le dijo: “Esto no va a quedar así, te voy a torturar hasta que largués un mango”. Acto seguido comenzó a cantar el Abecedario de L-Gante, pero más desentonado. Gertru se puso a zapatear de la desesperación auditiva y se desmayó, Magda entró en ataque de pánico.
-La mataste, pelotudo -le gritó-.
Se acercó al cuerpo inmóvil, le enfrentó un espejito a las fosas nasales y, empañado, zafaron. Lo que no quitó que Magda se recontra enculara con Edu, para dejar de dirigirle la palabra y asistir a Gertrudis, quién ante las atenciones que recibía de la improvisada enfermera comenzó a despertarse algo cachonda, lo que disimuló para que no se cortara el momento de éxtasis sanitario. El síndrome de Estocolmo se había presentado muy prematuramente... No llevaba ni un día de secuestrada, pero era de suponer que su vida venía un tanto solitaria desde que su octava enviudes la había golpeado 15 días atrás.
Con el correr de los días, Eduardo entre la borrachera casi permanente y, enganchado prácticamente las 24 horas con partidos de cualquier deporte, había puesto de muy mal humor a Magda y por extensión a Gertrudis que ya no podían ver Rolando Rivas por Volver, independientemente de que estaban hartas de limpiar la mugre que Edu dejaba a cada paso. Las chicas ya gozaban de su insipiente relación secuestradora secuestrada y jugaban cada una su rol con mucho cariño; a Magda ya no le importaba el rescate ni a Gertru que la rescataran para enfocarse directamente en deshacerse del haragán. Cosa que no les resultó tan difícil, lo mandaron a comprar puchos una mañana y cuando salió, no volvieron a abrir la puerta de la casa, no sin antes darle su paradero al gitano Dumitrescu que se hizo cargo del resto de la operación con una emboscada a la salida del kiosco. Lo extraditaron a Bolivia para usarlo de mula en el contrabando de coca (zero en lata). Aparentemente, los gitanos se habían hecho un festín con él, así que podía transportar alrededor de 12 latitas de 354 ml entre el recto y el colon descendente.
Gertrudis se había encariñado con Lisandrito, que era un pibe muy tranqui y mientras hubiera pan y dulce de leche, literálmente no se lo escuchaba.
La vida era color de rosas para los tres, Magda atendía a Gertru, Gertru se dejaba, y Lisandrito comía.
Años después y felices de la familia que habían conformado, una tarde llegó un paquete de mercado Libre con una pelota para el pibe, Gertrudis pensó que con ese regalo ayudaría a que el nene conociera a otros chicos y practicara un poco de deporte, al margen de salir los 3 a tomar un poco de aire de tanto en tanto. A partir de ahí, todo hizo un giro de ciento ochenta grados, Magda necesitaba un poco más que los juguetes de Gertru para su satisfacción personal y aprovechando que las chusmas del barrio estaban en la plaza, que Gertrudis ya tenía quién le levantara la cacona de Leandro y, Lisandrito un grupete de amiguitos para jugar a la pelota, ella se dedicó a la asistencia de los oprimidos sexuales del barrio.
Todo se fue al carajo cuando el Gordo Cifuentes, marido de la Estercita, que era muy devoto, se confesó después de una misa con el padre Roberto, de lo cual no tendría que haber habido problemas por aquello del secreto de confesión, pero el clérigo en cuestión también tenía sus secretos sin confesar y en una noche de exceso de mistela confesando a domicilio a la Ramona, se le escapó el desliz del Gordo y a partir de ahí se desparramó la noticia por todo el barrio. El resto de los cónyuges pecadores, le contaron a sus parejas sus respectivas historias con la Magda antes que el cura de mierda los delatara.  De más está decir que la capilla dió a quiebra por la falta en masa de feligreces y ahora el ex padre Roberto se gana la vida vendiendo nubes de azúcar en la misma plaza y después de las 22 hs, mistela pritteado con osti-chori.
Con el tiempo, el cuento llegó a oídos de Gertru que inmediatamente echó a Magda, quién, como estaba en negro, le hizo un juicio laboral que la dejó en la ruina. La depresión ganó a Gertrudis que poco a poco fue minando su salud mental para terminar vendiendo estampitas de san Espedito con la cara de la Pepa Brizuela en la entrada de la Sala del Rey.
Ya sabía el por qué la cuereban, lo de Eduardo, su relación con Gertrudis y, de dónde provenía la fortuna que tenía. Lo que todavía no me quedaba muy claro era lo de su convivencia con Renato al cual mantenía porque no había razón aparente que lo ligase a él.
-Sencillo -me explicó-, Leandro caga como un condenado, y el vieji se encarga de levantar toda esa mierda en la plaza y de jueves a martes en casa. Los miércoles viene el jardinero. Apenas se muera ese perrito del demonio lo interno al Renato en algún asilo low coast y, parto para Bolivia a rescatarlo y repatriarlo al Eduardo, para que me dé una alegría de vez en cuando teniendo en cuenta que las parejas de las chusmas no se animan ni a cruzarse conmigo por el cagazo de que los desalojen de sus lechos conyugales. Y el Edu, mientras no esté borracho, es un torito y, mientras está durmiendo la mona del pedo, veo Rolando Rivas sin que me rompa los ovarios.
Terminó de decir eso, y se acercó el malón de pendejos.
-¿Qué pasó? -les pregunté- ¿Otro gol dudoso para dictaminar su validez o no?
-Naaaaaaaaaaaaa -manifestaron al unísono-.
Y de entre el pendejerío apareció un petiso melenudito con la pelota en su mano y se la dió a Magda.
-Acá tiene la pelota, señora, se la puede llevar -dijo el chiquilín mientras se la depositaba en la falda-.
-Mirá que me la llevo y se acaba el partido -expresó ella entre sorprendida y encendida fuego-.
-Sí, ya sabemos -replicó el pibe-. Y acá lo tiene al Lisandro, que nos tiene los huevos al plato con las amenazas que si le hacemos un gol se llevaba la pedorra pelota y nos dejaba en bolas; aparte el Jorgito hizo una pelota de trapo con todas las medias de seda y bombachas que usted se olvidaba en nuestras casas cada vez que se cepillaba a alguno de nuestros padres.
Lisandrito lloraba, Magda bufaba, yo como en misa y...
-Gané!!! Te gané, viejo de mierda. Ahora llevátela a esa bruja -gritó eufórico Renato en el mismísimo rostro de don Cosme, que como todo un caballero felicitó al vencedor-.
Don Cosme tomó el celular, hizo una llamada y, en 5 minutos llegaron 2 Falcon Futura del ´68 derrochando óxido y engangrenando a quién lo rozara, del que bajó el gitano Dumitrescu con cuatro gorilas más que casualmente, era el nieto de don Cosme, y se llevaron a Magdalena y Lisandrito.
Acto seguido, los dos viejitos se sentaron una a cada lado de mí.
-Cosme y yo somos primos hermanos -comenzó Renato-. En su momento le conte mi relación con Gertrudis y de su asistente que me llenaba a gomasos los huevos y me servía el mate cocido sin azúcar. Cuando se la mostré a Cosme en una foto, la reconoció.
-Después que mi nieto se lo llevó al Eduardo y le pegaron el cagadón que le pegaron, el tipo confesó que su incursión nocturna a lo de mi nieto había sido todo planificado por su pareja, la Magda -prosiguió el relato don Cosme mientras se armaba un porro-. La intención de ella era que Edu choreara la dote de la Yéssica que estaba a punto de casarse, pero el boludo estaba tan dado vuelta de fernet y la Yessi creyó que era un stripper mandado por sus amigas para la despedida de soltera. Así que los dos se enfiestaron desenfrenadamente.
-¿Y qué le van a hacer? -pregunté-
-Teniendo en cuenta sus habilidades de enfermera -respondió don Cosme- y  María, mi mujer, matriarca de la tribu Dumitrescu, tiene desde hace años hongos en los pies y en el culo de tanto estar sentada leyendo las líneas de la mano y tirando las cartas, se nos ocurrió que podíamos aprovecharla para que se los rasquetee a diario, así escarmienta esta malparida. Al Lisandrito entretanto,  lo ponemos a dieta un poco y lo ponemos a hacer un curso acelerado de malabares, porque al Rocco le agarró hepatitis y por un tiempo no hay quien lo cubra en el semáforo de Zípoli y Octavio Pinto.
-Yo mientras tanto -siguió Renato-, voy demoliendo la casa para hacer en el predio limpio una carpa premium para instalar a la familia; en el corazón de Argüello, seremos los gitanos más cool de Córdoba y, en la carpa dónde vivimos en Yofre Norte, habilitamos un salón de fiestas temático la Yessica se encargará de ponerle el glamour necesario, ella sabe, es fan de “Sex and the city”, nunca se perdió un capítulo. No está de más tener otra unidad de negocios, la compra-venta de autos usados sin papeles no está pasando por un buen momento.
Mierda, pensaba, tanto y tan poco de un plumazo.
Me fuí alejando de la plaza dónde todo era festejo, camino a mi hogar, pateando piedritas y meditando profundamente lo acontecido en líneas generales; mi cabeza se abría como la boca del flaco “Fontana de Trevi” (porque permanentemente estaba algún líquido -etílico- transitando por sus fauces) cuando se hace un fondo blanco con un tetra de tinto.
Llegué a casa dónde los sordos muros ya eran un recital de  reflexiones a viva voz sobre toda las experiencias de vida con las que me había nutrido en un lapso tan corto, lo que me llevó a madurar prematuramente (apenas tengo 60) para llegar a la conclusión de cual era la forma correcta de dirimir mi futuro de una manera adulta, consciente y ordenada. Definitivamente la solución siempre estuvo en mi, al alcance de mi mano... Mañana juego al Quini, y todo resuelto.


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