miércoles, 21 de noviembre de 2018

EL DURAZNERO DE TERESA

Corría colina abajo como poseída,
tropezaba, se levantaba, seguía,
su rodillas lastimadas sangraban,
como una fuente recién encendida,
su ropa ajada, ya casi descalza,
por que su calzado dijo basta.
Y en cuanto llegaba al llano,
lavaba sus manos y su frente,
para emprender la trepada,
como si fuese la primera vez,
para re entregarse a la vorágine,
del ferozmente vertiginoso descenso.
Teresa no estaba loca, tenía el fuego,
de los que nunca se rinden,
a pesar de tener que bajar mil veces,
para poder llegar al menos una vez,
a regar con el sudor de su esfuerzo,
el duraznero que coronaba la cima.

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